La dirección escénica: aspectos profesionales y laborales.

El artículo que comparto se publicó hace unos meses en papel en el nº 193 de la revista ADE Teatro, dentro del monográfico «40 años después: el cambio en el teatro en España». Como dicta el título, estas líneas se refieren a las condiciones laborales de las directoras/es de escena y a su situación actual, que no ha variado nada, por cierto, desde que las escribí (hace casi un año): ni se han dado pasos en el Estatuto del Artista para paliar las dificultades de los autónomos culturales (las elecciones, el cambio de gobierno, las nuevas comisiones interministeriales, etc.) y ni se ven -ni se esperan- indicios de propuestas de políticas culturales diferentes a las que ya conocemos. Dado que los sueldos anuales de las direcciones de los teatros públicos suelen ocupar espacio en la prensa generalista y son, por tanto, conocidos por el público, me veo en la necesidad de especificar que esas no son -¡ni por asomo!- las retribuciones del común de la profesión. Según los datos del 5º Informe Sociolaboral de la Fundación AISGE correspondiente a 2023 -que acabo de recibir- «el 77% de los artistas españoles ingresan al año menos de 12.000 euros. La mitad de los profesionales del sector gana menos de 3.000 euros al año. Un 72% se encuentra por debajo de la línea de pobreza (un 44% si computamos incluso otras fuentes alternativas de ingresos) y el 46% de los desempleados carece de cobertura.» Aunque este informe se refiera, fundamentalmente, a la situación de los actores, creo que puede ser extrapolable a otros ámbitos del sector cultural: No hace mucho, en la última entrega del Premio de Traducción Esther Benítez, que organiza ACE Traductores, los asistentes escuchamos los discursos de las dos traductoras premiadas (Rita da Costa y Julia Osuna) sin poder evitar la emoción y la rabia al conocer las situaciones de precariedad de un oficio que hoy no les da para vivir y se estaban planteando abandonar. Hablo de dos traductoras premiadas, con 30 y 20 años de carrera profesional.

Las directoras/es de escena, a pesar del hermetismo con el que el sector afronta los asuntos referidos a su oficio, tampoco nos escapamos del sinvivir diario que supone asegurarse un sustento. Como decía, frente a los sueldos anuales que las administraciones destinan a los directores de teatros públicos, la inmensa mayoría de nosotros sobrevive como puede -y como le dejan- mientras sigue en el empeño de crear nuevas realidades escénicas y de tender vasos comunicantes con eso que hasta hoy llamamos «sociedad». Más paciencia ( y esto va para la clase política) no se nos puede pedir.

REVISTA ADE 193

https://adeteatro.com/product/revista-ade-teatro-193/

Vivimos en un país difícil para desarrollar el trabajo de directora o director de escena. No por falta de creadores, talento, ganas o necesidad de investigar. El asunto es económico: La puesta en esena de un espectáculo exige presupuesto más allá de los sueldos de los equipos artísticos y técnicos (imagínense: ¡más allá de los sueldos! ¡con lo difícil que es aún para muchos asumir que el trabajo cultural es trabajo y se debe remunerar!) y la creación artística escénica no se reduce sólo a la puesta en escena de una obra concreta: tiene que ver con la posibilidad de formar equipos cómplices y la posibilidad de proponer un lenguaje escénico personal, que articule la interpretación de los actores, el espacio escénico, las herramientas tecnológicas o las líneas estéticas. Y todos estos factores requieren de un proceso que se extiende a lo largo del tiempo; muchas veces, toda una vida. La gran diferencia entre el trabajo de un director de escena y el de un escritor es que el nuestro, aunque parte de una fase previa de estudio y soledad, se concreta alrededor de un colectivo de gente y la coordinación de ese colectivo (incluido el número de personas que lo integran) depende, en buena medida, de las condiciones materiales con las que contamos en ese momento concreto. Seamos o no productores – además de directores- vamos a convivir siempre con la palabra ‘presupuesto’.

Se ha dicho hasta la saciedad (y así seguiremos hasta que cambien las tornas) que la inversión pública económica española en artes escénicas ha sido y sigue siendo insuficiente. Generosa en la construcción de espacios teatrales públicos, sí, pero muy deficitaria – rácana, diría – en las ayudas a la creación y a los creadores.

No sería justo pasar de largo por esa frase tan socorrida, que seguro que muchos de ustedes han tenido, como yo, la ocasión de escuchar, ya que se pronuncia con alegría en los despachos o ventanillas de cualquier administración cultural, o se suelta en tono amable en una conversación relajada cuando alguien osa mencionar a la bicha (léase la guita, la plata): “La imaginación es un recurso más eficaz que el dinero para dar con soluciones escénicas soberbias”.

Nada que objetar si no fuera porque la intención que subyace tras esas palabras es la de culpabilizar al creador, al profesional, y eximir a los responsables de que sus condiciones materiales sean insuficientes: Si el problema no es económico, sino artístico (o imaginativo) pasa de ser “su” problema, a ser el nuestro. Entienden la perversión, ¿verdad?

La realidad es que venimos de un siglo – el XX- en el que los gobiernos occidentales invirtieron (y de manera sostenida en el tiempo) mucho dinero en técnica, recursos materiales y capital humano dedicado a la creación de proyectos y de espectáculos teatrales. El siglo XX es el siglo de los grandes directores de escena: Peter Brook (primero en Inglaterra y después en Francia), Strehler (en Italia) Lepage (en Canadá), Bob Wilson o Anne Bogart (en EEUU), Arianne Mouschkine (en Francia) son sólo unos pocos nombres del amplio repertorio de creadores que, gracias a los Festivales Internacionales de Teatro que empezaron a celebrarse en España a partir de los años -80, hemos podido admirar. Tras ellos llegaron otros, más jóvenes, todos continuadores del trabajo de los grandes – y dispares- maestros escénicos que habían revolucionado, a principios de siglo, el arte teatral: los Meininger, Stanislavski, Meyerhold, Antoine, Copeau, Grotowski, Brecht…

No busquen nombres españoles porque no los encontrarán: esa revolución escénica no tuvo lugar en los escenarios patrios. Nuestros antepasados sobrevivieron como pudieron en sistemas que les imposibilitaron cualquier intento de renovación de la escena, y no por falta de talento o de ganas: no hay más que leer a Pérez Galdós, Valle-Inclán, Azorín, Rivas Cherif, Max Aub o al propio Lorca para darse cuenta de que en diversas situaciones históricas la posibilidad de que nuestra Historia de la Representación Escénica sufriera algún cambio estaba cerrada: nuestro autores podían tratar de revolucionar en la escritura -aunque sus textos no se llegasen a estrenar- pero no en el escenario, que exige el ‘aquí y ahora’ y un desembolso económico importante.

No sabemos cómo será el teatro que nos viene en esta nueva revolución tecnológica que vivimos; quién sabe si tocará que sean los teatreros españoles los pioneros de un nuevo y necesario devenir escénico en un mundo donde las manifestaciones culturales parecen haberse convertido en meras réplicas de sí mismas; lo cierto es que nuestro retraso histórico nos ha mantenido en un ‘fuera de juego’ de la escena internacional y nos ha hecho ‘llegar tarde’ tanto a determinadas corrientes estéticas como a las distintas propuestas estructurales que han favorecido el sistema de trabajo del teatro occidental.

Aún hoy en día el sistema del país nos impide aspirar a realidades que para nuestros vecinos son inseparables del hecho teatral: no aspiremos a mantener una compañía estable (al menos, en Madrid) porque no la podremos sostener y además de dinero, perderemos amigos; tampoco a establecernos como compañía residente de un teatro – realizando, además, la gestión del mismo- (como sí lo llevan haciendo nuestros vecinos franceses o portugueses desde hace años) y tampoco aspiremos, con las normativas impuestas en los últimos años, a funcionar de manera independiente en un local autogestionado o a poner un teatro en el salón de nuestra casa (a no ser que seamos millonarios y estemos dispuestos a asumir multas, que nos cierren u otros inconvenientes legales). Nuestras opciones -no me digan que no es irónico- tienen más que ver con la aspiración a dirigir alguna unidad de producción nacional (CDN, CNTC, Teatre Nacional de Cataluña, etc..) o -siendo un poco más modestos y realistas- a liderar proyectos que nos permitan realizar con los grandes teatros públicos alguna colaboración -como dicta la neolengua- público-privada.

Lejos de adaptarse a las necesidades del arte escénico, la administración pública española le ha impuesto su propia normativa, opuesta, la mayoría de las veces, a los procesos de creación, trabajo y realización escénica. Y esta cuestión no es, en absoluto, baladí, ya que incide de manera determinante en nuestro día a día y condiciona, de manera más determinante aún, propuestas y resultados artísticos. Porque, aunque las directoras y directores españoles desarrollemos nuestro trabajo fuera de los teatros o centros culturales públicos (lo cual, insisto, ya es raro: los visitamos si nos contratan para dirigir alguna obra concreta o si nos contratan funciones de espectáculos producidos previamente) dependemos casi totalmente de lo público para sobrevivir: Ayuntamientos, Comunidades, Estado, tienen en sus manos los circuitos, las redes, los Festivales… Ayuntamientos, Comunidades, Estado marcan y definen los cachés de contratación tanto de espectáculos (que, por cierto, llevan ‘congelados’ desde el año 2008; es decir, la administración paga lo mismo hoy por una función que hace 15 años, lo cual es escandaloso), como de profesionales y creadores (en este caso no están congelados, ¡son más bajos que hace, por lo menos, 10 años!). Ayuntamientos, Comunidades y Estado son, en definitiva, los grandes productores, directa o indirectamente, de las artes escénicas del país y los que diseñan los modelos de producción, exhibición y distribución de las mismas; y son, por tanto, los responsables del resultado cultural, social y laboral de esos modelos: si aumenta, o no, y por qué, el público de teatro; si hay espacios que están, o no, y por qué, infrautilizados; si la oferta que hacen responde al pulso social; si los artistas cobran, cuándo cobran, o no cobran y por qué; si el teatro se minusvalora o está sometido a una política insostenible de precios… A todo esto deberían contestar nuestras administraciones y explicarnos, también, por qué un 80% aproximado de los profesionales escénicos no pueden vivir de su trabajo mientras el 100% de los trabajadores de la administración sí vive del suyo. No estoy diciendo con esto que se aplique un régimen funcionarial para artistas, nada más alejado de lo que pienso. Pero sí que se asuma la responsabilidad que conlleva decidir sobre sueldos, contrataciones o ayudas públicas, más si se conoce la incidencia que esto puede tener sobre la situaciones laborales y económicas de un colectivo muy frágil, al que a menudo se menosprecia.

Este menosprecio a los creadores se está poniendo de manifiesto -aunque sea de manera no intencionada- en el proceso de implantación que se está llevando a cabo durante estos dos últimos años, del Estatuto del Artista. El simple hecho de que aún hoy – en abril de 2023, cuando escribo estas líneas- no se haya tomado ni una sola medida para los trabajadores en régimen de autónomos o que se cuestione si un director de teatro o coreógrafo es más que un artista, un ‘empresario’ (porque a veces tiene trabajadores a su cargo) cuando es el propio Estado – con sus leyes y normativas- el que le empuja a asumir competencias empresariales para ejercer su profesión, es el colmo de la esquizofrenia paranoide a la que nos somete el sistema estructural del teatro español. Los directores, en general, no quieren producir, quieren dirigir, pero en el contexto en el que nos movemos, lo normal es que en algún momento – si no es en toda su carrera- produzcan sus espectáculos.

Por otra parte, desde el punto de vista profesional, es de agradecer el legado que nos dejaron aquellos que hicieron posible que la Dirección Escénica formase parte de los estudios oficiales del país, entre los que destaco al maestro, investigador y director Juan Antonio Hormigón, que se dejó la piel en defender, entre otras cosas, la especialidad de Dirección en los estudios de Arte Dramático. No sólo le debemos el habernos podido formar y plantearnos cuestiones que o no las da la experiencia, o las puede dar demasiado tarde, también el que exista un reconocimiento oficial de la profesión de Director de Teatro. Tal y como están las cosas no es poco: ¡tenemos un IAE, un epígrafe que nos distingue!. ¡Podemos darnos de alta como autónomos en nuestro oficio y no en ‘otros similares’! ¡y también se nos reconoce como trabajadores de espectáculos públicos!. Insisto: en la triste realidad de los oficios culturales (muchos no existen ni para Hacienda ni para la SS) que el nuestro se reconozca como tal debería emocionarnos.

Bromas aparte, no está de más señalar que los estudios oficiales de Dirección contribuyeron a acelerar, de manera inusitada, la incorporación de las ‘novedades’ de la escena europea a la escena patria, técnica e intelectualmente, y posibilitaron a los estudiantes desarrollar carreras docentes vinculadas a la Universidad o a las propias Escuelas Oficiales de Arte Dramático, lo que ha salvado la vida económica de muchas compañeras y compañeros. (Cuestión aparte -y que merece otros artículos específicos- sería analizar cómo esos estudios se han ido desarrollando y cómo se han estructurado esas escuelas oficiales, que parecen vivir, en muchos casos, de espaldas a la realidad escénica; pero, como he señalado, el tema excede estas notas ).

Volviendo a la figura del director de escena, recuerdo a Juan Antonio en su compromiso por dignificarlo, no pasando ni una, como se dice en plata. Porque – cualquiera que haya dirigido seguro que me entiende- “aquí tragamos quina por botellas”. Recuerdo a Juan Antonio y le echo de menos porque hoy deberíamos estar muy alerta ante los frentes que se nos abren a diario y que, al igual que está pasando en otras profesiones por la pasividad de los propios trabajadores, nos pueden conducir de nuevo a las cavernas (tal vez no a la élite, pero sí al resto).

Las directoras o directores de escena como creadores, autores, hacedores de espectáculos (que es el objeto de este artículo) debemos seguir reivindicando el reconocimiento de nuestros derechos de autor y propiedad intelectual, reconocimiento que exige un cambio de la legislación actual: el gobierno debe asumir la situación de desamparo y vulnerabilidad a la que estamos expuestos, más si tenemos en cuenta que en España se compran y pagan derechos a directores de otros países para representar sus obras tal y como ellos las pusieron en escena (éxitos de teatros comerciales, musicales, etc.).

Creo que es importante también continuar el camino emprendido junto con otras asociaciones profesionales para mejorar las condiciones económicas y laborales de los trabajadores autónomos de la cultura, recogidas en las recomendaciones elaboradas por el Congreso de los Diputados para la implantación del EA, e incidir una y otra vez en la distinción entre un empresario al uso y las contrataciones de trabajadores que pueda realizar un autónomo (sean directores, coreógrafos, bailarines, actores, etc..) durante períodos concretos. A esto le sumaría la reivindicación -histórica- de diferenciar a una empresa cultural de una empresa mercantil: diferencia reconocida, por cierto, en toda Europa.

Y, por otra parte, creo que sería oportuno replantearnos por qué, como profesionales, no estamos defendiendo todas y cada una de las competencias que tiene nuestro oficio, que ni es fácil ni puede hacerlo cualquiera.

Frente a la sublimación que la prensa acostumbra a hacer de determinados nombres (que son, por otra parte, cambiantes, según los tiempos) nos encontramos a menudo con situaciones que desprestigian a los profesionales de la dirección escénica, ya sea entendiendo ésta como una “coordinación” de equipos (que es sólo una parte de nuestro trabajo), ya sea minusvalorando el trabajo del director en los ensayos, como si este proceso fuera una mera repetición del diseño de dirección elaborado previamente. Me gustaría ver la cara del recientemente fallecido maestro Peter Brook si alguien se hubiera atrevido a decirle que su trabajo no era artístico cuando ‘ensayaba con los actores y se sometía a un horario concreto’. (De esta situación, en concreto, es responsable la propia administración pública que, en más de una ocasión, ha puesto a compañeros bajo las cuerdas negando la naturaleza artística y creadora del trabajo en ensayos, más propio -según sus legislaciones laborales- de obreros que de diseñadores. Con estos parámetros tan irrealistas, imagínense lo mal que vamos).

Cuestionar, por otra parte, que un director de escena dirija un centro público porque es ‘artista’ y confrontarlo con un gestor, por ejemplo, es – improperios aparte- poco constructivo. Nuestro oficio se ha creado y ha crecido gracias a esos directores ‘artistas’ (y artísticos) que, además de dirigir espectáculos, establecían las líneas de programación y gestión de los espacios teatrales que habitaban. Y no lo han hecho, ni mucho menos, solos: a su lado, escritores, dramaturgos, actores y, por supuesto, gestores – que, por cierto, ya están integrados en diversos puestos de trabajo en esos teatros (jefaturas de producción, direcciones adjuntas o gerencias, por citar algunos ejemplos)-. Más constructivo sería poner sobre la mesa cuestiones de ética y deontología profesional en la dirección de esos teatros y solicitar explicaciones a la administración – que es realmente la que diseña el modelo de gestión y define, entre otras cosas, los sueldos-.

Y no se trata ya de que nuestro sector esté más o menos satisfecho con la dirección artística de los teatros públicos (un sector que pasa hambre fuera de lo público sólo estará satisfecho -o menos insatisfecho- si mejora su situación económica y si se le posibilitan herramientas para desarrollar su profesión), se trata de no caer en la vacuidad de «cambiar a unos por otros» sin un análisis previo de un sistema de teatro público que con los años tal vez se ha degradado y, tal vez, debería renovarse.

El error fundamental, en mi opinión, de la estructura que sustenta el sistema de teatro español ha sido, precisamente, el haber creado la ilusión de un «gran» teatro público híperprotegido (que a su vez ha sabido vincularse y generar lazos con las grandes productoras privadas) y descuidar – en muchos casos, maltratar y destruir- los proyectos autónomos, generados por los propios creadores, sustentados en estructuras pequeñas, que son los que conforman el tejido real del teatro de cualquier país.

¿ Y qué hacer ahora, cuando el sistema global está desmontando -a base de externalizaciones, licitaciones, colaboraciones – las estructuras públicas tal y como las conocíamos? Quizá sea el momento de no aflojar y de trabajar en pos de modelos que equilibren las brechas – abismos- de desigualdad tan grandes que se viven en todo el ámbito cultural y, en especial, en las artes escénicas.

Aitana Galán

En Madrid, abril de 2023

EL ESTATUTO DEL ARTISTA Y LA NECESIDAD DE UNA MIRADA GLOBAL.

UNA CONVERSACIÓN CON EVA MORAGA.

Por Aitana Galán

Comparto con ustedes el diálogo que mantuve con Eva Moraga sobre cuestiones de las que públicamente se suele hablar poco, pero que son esenciales para entender cómo se estructura (o cómo no se estructura) el ejercicio de las profesiones artísticas y/o culturales en nuestro país. Ojalá ayude también a clarificar a los lectores qué es el Estatuto del Artista, el porqué de su importancia, qué medidas se están aplicando y sus posibles ‘lagunas’.

(Publicada en papel en la revista ADE TEATRO, nº189, junio 2022 y disponible también en su versión digital.

Eva Moraga es abogada, mediadora, experta en formación de agentes y organizaciones culturales y uno de los nombres imprescindibles en el desarrollo del Estatuto del Artista, tanto por su implicación durante la elaboración del mismo como por su presencia en todas las mesas de trabajo en su proceso de implantación actual.

Asesora habitual de diversas asociaciones profesionales también lo ha sido del colectivo formado por ADE, AAI, AAPEE, CircoRed, FECED y Unión de Músicos en el proceso de negociación con el Ministerio de Cultura respecto a las medidas concretas que se implantarían para los creadores y trabajadores autónomos de la cultura. Hace unos días presentamos a dicho ministerio un documento consensuado y apoyado por el resto de asociaciones profesionales que configuran la mesa del Estatuto del Artista (ACE, ACE Traductores, Alianza Audiovisual, Acción, Sindicato ALMA, y un largo etcétera). El documento se apoya en las recomendaciones aprobadas por el Congreso de los Diputados, en relación a las necesidades específicas del sector cultural en el ámbito de trabajadores por cuenta propia. Ha sido un proceso largo –aún no concluido- , del que desconocemos los resultados. El objetivo de esta conversación es compartir con los lectores un mapa de cómo se está desarrollando la implantación del EA, en qué aspectos puede o no afectarnos y qué impresiones tenemos hasta el momento. He querido dar la palabra fundamentalmente a Eva por su condición de experta en la materia y abogada, con un largo recorrido en el sector del Arte y la Cultura.

(La conversación tiene lugar por la tarde, vía digital. Esa misma mañana hemos coincidido en el Ministerio de Cultura, en la primera reunión de la Mesa de Educación del Estatuto del Artista)

AITANA GALÁN-.- ¿Cómo vamos con el Estatuto del Artista, Eva? ¿Qué está pasando?

EVA MORAGA.- Están abiertos muchos frentes al mismo tiempo. Ahora mismo, al hacer un repaso, me he preguntado por la fiscalidad… porque aparte de los IAE, no hemos vuelto a saber nada del tema grueso de las recomendaciones fiscales relativas al Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, el tratamiento de los rendimientos irregulares o los gastos.

Creo que han querido empezar por la parte que consideraban que iba a ser fácil -aunque luego se hayan dado cuenta que de fácil tampoco tenía nada- y se han dicho, bueno, mientras se soluciona lo del Libro Blanco de la Fiscalidad y sepamos lo que se puede hacer… vamos avanzando en otra cosa o los tenemos entretenidos.

A. G.Pero recuerdo que sí se estableció una mesa que tratase las cuestiones fiscales…

E.M.- Sí y tuvimos una reunión, una de las primeras, con la comisión interministerial. Hicimos un planteamiento de lo que considerábamos importante, pero en esos momentos se estaba redactando el Libro Blanco sobre la Fiscalidad y hasta febrero o marzo de este mismo año no se ha conocido lo que decía. Ahora es el gobierno el que tiene que decidir qué va a hacer. Es posible que las recomendaciones del Libro Blanco no se lleven a cabo de inmediato, porque consideren que no es el momento. Se supone que nos informarían cuando supieran algo, pero han pasado varios meses y no sabemos nada.

A.G.- Los tiempos se dilatan, como siempre. Porque, si hacemos un poco de historia, ¿desde cuándo se lleva hablando del “Estatuto del Artista”? Es decir, desde cuándo se está intentando establecer una protección a los trabajadores de los ámbitos creativos dentro del sistema general de Trabajo?

E.V.– Desde que se aprobó la recomendación de la UNESCO, en el año 1980, que aquí en España se tradujo mal: se hablaba en esa recomendación “sobre el estatus del artista” y aquí lo tradujeron como “estatuto del artista”. La traducción correcta sería “sobre la condición del artista” . Luego, un poco más tarde, se aprobó un Estatuto del Artista en Canadá, muy limitado, referido a la posibilidad de los artistas de sindicarse, de asociarse incluso para poder ejercer, y ya se quedó aquí ese nombre.

Pero hemos tenido que esperar hasta el año 2018 para que el Parlamento español aprobara un Estatuto del Artista -con todos los partidos a favor, lo cual fue ciertamente un hito- referido a las condiciones laborales y económicas del sector.

A.G.Hago un inciso para subrayar que en el resto de Europa llevan décadas aplicando diferentes sistemas de protección.

E.M.- Cierto, hay muchos modelos funcionando que una y otra vez hemos señalado a los políticos. Pero hasta 2018 no logramos un consenso. Y desde el 2018 hasta ahora han pasado cuatro años.

A.G.- ¿Y qué se ha hecho concretamente en este tiempo?

E.M.– Bueno, en la 1ª fase se constituyó por primera vez la primera Comisión Interministerial para el Estatuto del Artista y se aprobó una norma en la que se bajó el IVA, se introdujo la posibilidad de cotizar en los períodos de inactividad para los artistas en espectáculos públicos y se comprometieron en el plazo de seis meses a modificar el Real Decreto 1435/1985 -que regula la relación laboral especial de artistas en espectáculos públicos- y a regular la compatibilidad de la pensión de jubilación con la actividad artística. Esta última se aprobó en el Real Decreto 302/2019, pero su redacción generó problemas porque en ella se regulaba la compatibilidad con la actividad de creación artística y planteaba la duda de si se incluía la actividad de interpretación o ejecución de una obra artística. Porque un intérprete o ejecutante, ¿lleva a cabo una actividad de creación? Con la Ley de Propiedad Intelectual en la mano, no. Lo que hace es una actividad de interpretación o ejecución de una obra, por lo que este Real Decreto exigía modificación. Vinieron las elecciones, pasó 2019 y en 2020 nos sobreviene la pandemia. El ministro Uribes se centró en la crisis sanitaria y el Estatuto del Artista se fue posponiendo. Es en 2021, con el cambio de ministros, cuando ya se constituyó una nueva Comisión Interministerial para la implantación del Estatuto. El objetivo es hacer esta implementación de manera transversal con los ministerios correspondientes.

A.G.- Y este es el punto en el que estamos ahora, en el que creo que tenemos todos en general sensaciones contradictorias, porque se está trabajando mucho en algunos temas pero no parece verse del todo la luz…

E.M.- A mí me da la sensación de que se hizo una lectura del estatuto y cada Ministerio se dijo “bueno, en lo relativo a lo que a nosotros nos compete este punto y este otro son posibles, vamos a plantear estas prioridades, etc”, pero por lo que estoy viendo creo que no se va a hacer una implementación del Estatuto, de forma completa, tal y como está. ¿Por qué? Lo hemos comentado alguna vez: para implementar del EA se necesitaría que el propio Ministerio de Cultura tenga una visión clara de cómo querrían ellos que fuera la vida profesional y laboral de estas personas (los artistas y los trabajadores de la cultura) una vez implementado el Estatuto, y a partir de ahí se determinaran las medidas a desarrollar.

A.G.Exacto, lo hemos hablado mucho.

E.M.– Una visión sobre cómo queremos que se desarrolle, cómo queremos facilitar esa actividad artística que hemos dicho entre todos que tiene unas características que debemos proteger y fomentar. A partir de ahí es cuando tomas decisiones y haces una planificación de las medidas, e incluso aprovechas para ver y adaptar lo que no estaba bien recogido o bien explicado en el Estatuto. Esto es lo que, desde mi punto de vista, debería haberse hecho.

A.G.- Totalmente de acuerdo. Y, sin embargo…

E.M.– Sin embargo, parece que se ha cogido el Estatuto y cada uno de los ministerios ha dicho “Esto es de mi competencia, esto es lo mío, esto no“ y han hecho una extracción. De ahí, parecen haber seleccionado qué pueden hacer más rápidamente o qué cuesta más trabajo…. Y ahí, en vez de trabajar al unísono, de manera articulada, coordinada….Bueno, a lo mejor lo están haciendo así y no lo sabemos… pero me da la sensación de que no; creo que cada uno está estudiando sólo lo que le corresponde. Esto hace que, por ejemplo, en el tema de los trabajadores autónomos estén estudiando lo que les hemos presentado nosotros (los tramos, etc); pero una parte esencial que es el cálculo de los rendimientos netos, si no va acompañada de la reforma fiscal, de qué gastos se van a considerar deducibles para los artistas y demás trabajadores de la cultura… ¿cómo se va eso a implementar?… Vamos a seguir teniendo los mismos problemas de siempre: que la Agencia Tributaria considere que hay ciertos gastos que no son deducibles. Por ejemplo, el Estatuto del Artista recoge la posibilidad de que los gastos de materiales, instrumentos, representación, agentes, etc. sean deducibles también para los trabajadores por cuenta ajena… Esto se pidió porque en países como Francia, por ejemplo, se pueden deducir, y así se recoge también en resoluciones específicas de lo que sería la Agencia Tributaria en Francia. Hay cuestiones que si no se arbitran de manera paralela, simultánea, no solucionan realmente los problemas. Hacen falta las dos o las tres patas a la vez. Y como esto, pues un montón de ejemplos. Volviendo a los trabajadores autónomos, sobre la cuestión de quién es realmente considerado un trabajador autónomo de la cultura, ¿qué vamos a tener de referencia? ¿cuáles van a ser? ¿vamos a tener epígrafes? ¿van a ser los CNAES? ¿tenemos el listado completo de cuáles son esos profesionales que van a estar incluidos dentro de ese contexto? Pues tampoco existe. Y eso se tendría que resolver, porque con la Agencia Tributaria se está trabajando en los IAE, pero sólo a efecto de darse de alta en el censo, no a efectos de tener un listado de profesionales a los que les va a afectar después la reforma del sistema de cotizaciones. Además, la SS no trabaja con epígrafes, sino con CNAES. Por eso es muy importante el trabajo de conjunto. Y como la Administración está muy dividida en compartimentos estancos, está siendo difícil… El Ministerio de Cultura tendría que tener esa visión.

A.G.– Es esa ausencia de mirada global la que mantiene atascado todo el sistema del trabajo cultural en España. Mira el asunto de las empresas culturales que, por supuesto, ha quedado fuera de todas las agendas. ¿Pero dónde se ha visto esto? No hay un solo país europeo que no diferencie entre una empresa cultural y otra que se dedica, qué se yo, a la metalurgia, por ejemplo. Y aquí no hay manera.

E.M.– Pero es que partimos de lo mismo. Lo que sería la plataforma sobre la que se crea todo el edificio del Estatuto del Artista debería implicar un cambio conceptual del modo en el que los artistas se relacionan con la Administración, ya sean personas físicas o jurídicas. Si tienes un país que se preocupa por la cultura y la considera uno de sus pilares esenciales …. El caso es que todos nuestros parlamentarios, todos nuestros diputados se han puesto de acuerdo en enfatizar la importancia de la cultura, y mira que les cuesta ponerse de acuerdo, pero en eso, lo han hecho. Y ha quedado por escrito. Han reconocido que la aportación de las personas que trabajan en el arte y en la cultura es esencial para nuestra sociedad, y que dada la forma en que se desarrollan sus profesiones resulta que no tienen los mismos derechos que otros trabajadores por cuenta propia o ajena, porque sus carreras de cotización son o más breves o cotizan menos, con lo cual muchas de estas personas que han estado dándolo todo por la cultura de este país, después, al jubilarse, o si tienen la mala pata de sufrir una enfermedad, no van a recibir la prestación adecuada. Ante esta realidad nuestros diputados dijeron: “Esto hay que solucionarlo”. La pena es que todos los que se movilizaron en el Congreso, los que lideraron el proceso, han desaparecido, ya no están: o dejaron la política, o pasaron a ser consejeros, senadores, etc. Y los que están ahora, en realidad, conocen muy poco de cómo fue el proceso, no estuvieron allí… ese sentimiento de trabajo colectivo que se generó, no existe ahora, lógicamente. Y desde el Ministerio de Cultura sí hay compromiso, pero también les ha pillado un poco “de nuevas”, porque tampoco estuvieron en el proceso anterior.

A.G.Digamos que habría que volver a crear ese impulso y trabajo colectivo y recuperar la sensación de que lo que se está llevando a cabo es grande y es importante.

E.M.- Una cosa positiva es que cuando se tuvo que elaborar el Plan Español de Recuperación, Transformación y Resiliencia se decidió que uno de los pilares, de los componentes del Plan, fuera la Cultura. Eso ha llevado a que la implementación del Estatuto del Artista se metiera como un hito del plan estatal. Esto tiene un lado positivo: se aceleró la necesidad de implementar el Estatuto porque era un compromiso del gobierno para poder recibir el dinero. Y se ha de hacer de acuerdo con unas fechas: el 31 de diciembre de 2022 tiene que estar completado. Eso implica acelerarlo todo, pero ¿qué se va a hacer? ¿qué habremos conseguido al final? Habrá que verlo a partir de entonces. Sea lo que sea, tiene que ser aprobado antes del 31 de diciembre y, por ejemplo, el Real Decreto 1435/1985 ya cuenta como algo hecho, cuando en realidad se han comprometido a que en doce meses se rehaga, porque son conscientes de que es mejorable. Pero ya cuenta como “conseguido”. Ya cuenta como hito. Ya podemos recibir el dinero que venga de Europa… y eso tiene sus riesgos.

A.G.- ¿Podemos repasar brevemente los temas sobre los que se está trabajando a día de hoy en el marco del EA?

E.M.- 1) Un sistema específico de la Seguridad Social para todos aquellos que sean trabajadores autónomos de la cultura.

2) La compatibilidad de las pensiones (que va bastante avanzada).

3) Los IAE, a efectos de darse de alta y afectos fiscales, de manera que puedan crearse epígrafes específicos o bien la Agencia Tributaria, a través de consultas vinculantes, pueda especificar en qué epígrafe se tienen que dar de alta esas personas.

4) El asunto de la fiscalidad, que es al que he aludido antes, que está congelado.

5) Queda pendiente la reforma completa del Real Decreto 1435/1985, que aunque ya se hizo una pequeña reforma por las cuestiones de la Reforma Laboral – donde finalmente conseguimos introducir el contrato artístico – existe un compromiso a que en el plazo de doce meses se. apruebe otro Real Decreto mucho más completo (a ver en qué queda, porque parece estar en suspenso o paralizado).

6) Está sobre la mesa la prestación de desempleo para artistas, que se refiere a esta prestación extraordinaria que hubo en la pandemia y convertirla en una prestación parecida al régimen de intermitencia, que, aunque no es igual que el modelo francés, sí sería un régimen de intermitencia aquí en España: una prestación para esos momentos de inactividad.

7) Todo el tema de la mesa de Educación (hoy hemos tenido la 1ª reunión) en donde se trata de definir cuáles son los perfiles profesionales del sector de la cultura que se quiera que estén incluidos en el Catálogo Nacional de Cualificaciones, además de impulsar la aprobación de títulos oficiales para distintos sectores que no tienen ningún título oficial, como por ejemplo el circo, los autores de iluminación y el ámbito audiovisual.

8) Y había también unas cuestiones de formación, impulsadas por el Ministerio, para que el sector conozca los temas administrativos y para funcionarios (demandado por el sector): una formación específica para que los funcionarios que están en tratos con trabajadores de la cultura sepan cuál es su problemática y tengan, de alguna manera, un conocimiento de cómo funciona el sector. Eso parece que lo están haciendo, pero no tenemos información al respecto.

A.G. Claro, plantearse todo esto sin un cambio de sistema, sin una mirada, como decías antes, global… asusta bastante. Porque rápidamente intuyes que puede haber una tendencia a encontrar soluciones que “parchean” y que, en ocasiones, pueden generar más problemas. Mi pregunta , y es retórica, porque me la hago a diario, es qué pasa aquí, en España, ¿por qué es tan difícil? ¿Esto pasa en Francia? ¿En Portugal?

E.M.– Recientemente se ha aprobado un Estatuto del Artista en Portugal y, aunque hay que ver cómo se lleva a la práctica, simplemente leyendo las definiciones de lo que es, por ejemplo, un trabajador autónomo de la cultura… no habría más que cogerlo y copiarlo, porque está todo muy clarito, muy bien explicado. Se ve que existe una concepción mucho más unificada. Pero aquí tenemos un problema con las administraciones. Lo que yo he visto es bastante inmovilismo en todas las reuniones.

A.G.No sabes cómo agradezco que lo digas tú.

E.M.- Por una parte, es normal: estas personas se han preparado una oposición, se han presentado, han estudiado de acuerdo con un marco conceptual y llegamos nosotros y les queremos romper todo ese marco. Estaría fenomenal que pudieran asistir a un máster de formación en cómo se trata a los artistas en otros países. También a veces es difícil explicar algunas cosas al propio sector. Por ejemplo, en algunos países, como Francia y Alemania, se han planteado fórmulas para facilitar la cotización de aquellos artistas autores que sólo cobran derechos de autor en donde son sus pagadores los que les retienen una cuantía a cuenta de las cotizaciones a la Seguridad Social. En otros se ha planteado lo que se llama el “monotributo”: es para ciertos trabajadores, sobre todo los que ellos llaman independientes, y se paga una cantidad en concepto de IRPF y SS todo de una vez y con eso se solucionan los temas. Hay modelos a nivel internacional que podríamos incorporar. Es, simplemente, abrir un poco la mente… pero nos encontramos siempre con un no. “No. El modelo es este; ya nos ha costado mucho; vamos a intentar modificar lo mínimo posible”.

A.G.Eso nos ha pasado un poco con la cuestión de los trabajadores autónomos. Como se modificaba el sistema general hemos tenido que presentar propuestas que encajasen dentro de esa modificación… pero como es un modelo nuevo, no sabemos exactamente los problemas con los que nos podremos encontrar.

E.M.-Yo soy consciente de que el sistema que ahora se va a poner en marcha para los trabajadores autónomos con cáracter general va a traer muchísimos problemas. Es un sistema similar, por ejemplo, al de Costa Rica, y es un generador de personas trabajando “en negro”. El 95% de los trabajadores independientes en Costa Rica no está dado de alta, no es un trabajador formal. Se cotizan unas cuantías muy elevadas para los ingresos que se obtienen. Ahora en España estamos hablando de que una persona con ingresos netos mensuales de 670 euros va a tener que pagar 250. Entonces con qué va a vivir, con qué va a pagar el alquiler, a comprar comida… Se cuenta, de alguna manera, con que esas personas tengan otro trabajo, si no, dime tú cómo van a vivir. Y a mí lo que me asombra es que estén implementando un sistema que sabemos a ciencia cierta que en otros países está dando muchísimos problemas. Se va a incrementar el papeleo. Se va a complicar más el tema de las altas y bajas. Me preocupa, porque conozco el tema, ya que hice un informe para la UNESCO sobre los trabajadores independientes de la Música y los problemas que tienen allí con el trabajo formal… Eso mismo se va a reproducir aquí , porque partimos de problemáticas similares.

A.G.Bueno, desde que se puso en marcha la Reforma Laboral y la Reforma del Real Decreto nos llegan noticias de que se está pidiendo a mucha gente que facture porque ahora es más caro dar de alta.

E.M.- Sí, también lo comentamos. Y se está volviendo a recurrir a las cooperativas y empresas de facturación, porque muchos artistas no pueden darse de alta como autónomos. Algo que no se tiene en cuenta es la complejidad y el laberinto de Seguridad Social, fiscalidad, que supone ser trabajador autónomo, no para una persona de leyes o un funcionario, sino para alguien que se dedica a otra cosa: es una barrera de entrada. Los argumentos que te da la gente para la utilización de esas entidades, son del tipo “me lo facilitan, me lo hacen todo…”

A.G.- Bueno, yo lo entiendo. Si eres autónomo y no tienes un gestor, un asesor fiscal… ¿cómo haces? Yo no podría.

E.M.- Exactamente. En esto siempre insistimos: No sólo es pagar la cuota de cotización, sino el gasto añadido de un gestor para que esa persona pueda cumplir con todas sus obligaciones.

A.G.A mí me asombra que existan modelos dentro de la administración que no se hayan utilizado para dar cobertura a los trabajadores de la cultura. Por ejemplo, el sistema de los profesionales taurinos, que están dentro del Régimen General, pero con unas características propias que se asemejan mucho al modelo francés de intermitencia: un censo de profesionales, demostrar una serie de días u horas cotizados y un alta anual en la SS. Sé que no hemos insistido en este tema porque parece que el modelo se quiere eliminar , pero la realidad es que durante años sí se podría haber aplicado a las profesiones artísticas.

E.M.- Aunque el francés no es un sistema perfecto para nada (el propio cómputo de horas, entre otras cosas, ocasiona bastantes problemas) sí parte de una propuesta conceptual que pretendía dar soluciones y responder a esos periodos en los que ese profesional deja de estar activo, porque no tiene trabajo, porque terminó la temporada, etcétera, etcétera. Algo importante del modelo que no conoce mucha gente es que la actividad de formación se combina con la actividad artística, por lo que puedes contabilizar horas en las que has impartido clases como horas de trabajo artístico y así llegar al cómputo de tiempo que te exigen para demostrar tu actividad artística. Se trata de entender cómo funciona el sector, de saber cómo se desarrolla de verdad la vida de un profesional creativo y encontrar soluciones. Sé que no es fácil, pero insisto en que estoy echando en falta una mayor visión de qué es lo que se quiere conseguir y de dar respuestas de carácter global, donde después se maticen cosas concretas. Es decir: Esta es la visión y para llegar a ello, necesitamos que esto se modifique, crear un sistema específico para artistas, aquí y aquí.

A.G.Claro, una visión política sobre el tema. Otra cuestión es que aquí se trabaja y se produce muchísimo aunque las condiciones sean muy malas… El Estado, el Gobierno, siempre puede sacar pecho porque siempre habrá artistas que salgan y destaquen por su cuenta, haciendo milagros. Pero decirle a todo el mundo “no trabajes si no cambian las condiciones” tampoco se puede, porque no lo harían.

E.M.- La gente joven y que tiene poca trayectoria te dice “a mí no me hables de todo esto, a mí lo que me importa es poder trabajar, poder hacer lo mío, mi exposición, presentar con mi compañía un espectáculo…. Eso es lo que me interesa… No pienso en la jubilación”. En el fondo estamos trabajando para ellos, pero tampoco son conscientes de lo que al final les va a suponer, porque no es su preocupación. Es normal en un ámbito donde la supervivencia es lo que prima,pero son cuestiones verdaderamente esenciales, porque afectan a tu práctica profesional.

A.G.- Sí, sí. Tienes un techo, está clarísimo. Crecer es muy difícil, e incluso lo artístico se daña. Las carreras profesionales sufren. Ves que se podría llegar más lejos, pero mucha gente no puede seguir trabajando en determinadas condiciones. Algunas carreras se abandonan o quedan reducidas a cosas más pequeñas, más rápidas, menos costosas, porque afrontar grandes retos es muy complicado y eso, artísticamente, es una catástrofe.

E.M.– Ese es un tema, Aitana…

A.G.- Sí, requiere otra conversación concreta sobre él, lo sé.

E.M.– Fíjate, yo se lo he dicho varias veces a la administración: Es necesario que se sea consciente de que la forma en que las administraciones intervienen en la ejecución de contrataciones, por ejemplo -ni siquiera hablo de hacer política cultural – , también está influyendo de forma directa en la calidad del trabajo artístico

A.G.- Totalmente de acuerdo.

E.M.- Tanto por el marco normativo como por la capacidad de imponer precios a todo un sector que es muy dependiente de la contratación de la administración, esta interviene de forma directa en cómo se conforma el producto artístico, o sea, las obras, los espectáculos.

A.G.- Es exactamente así.

E.M.– Las ayudas (que en casi todo el territorio son anuales y a la producción) y las contrataciones, (donde te imponen los cachés) son las dos fuerzas motrices que están condicionando toda la actividad artística. Ambos temas están fuera del EA, pero tienen una influencia radical en la articulación del sector y yo creo que exigen una reflexión seria. Tendría que decirse que los cachés que se están pagando ahora son inferiores a los de 2006 o 2007. En esos años se bajaron por la crisis económica, pero ahora, con la inflación, ¿esto es sostenible?

A.G.- Ya lo hemos comentado: aquí se trabaja mucho, aunque las condiciones sean intolerables. Lo ideal sería que la gente se plantase, dejase de producir.

E.M.– Si se dijese “Hasta que no haya un diálogo serio sobre lo que se está pagando, nos plantamos”, ¿sabes cómo se quedarían todos los teatros públicos? Vacíos. Sin programación. Pero no una semana, ni un mes… Se quedarían sin nada.

A.G.- Sería lo ideal como forma de presión, ya te digo, pero es difícil que se dé dadas las características y el carácter de nuestra gente.

E.M.– Por otra parte, la administración debería empezar a adaptar los instrumentos normativos que tiene a la forma de trabajar del propio sector. Vuelvo a insistir en que tenemos un freno con la propia administración y con cómo funciona. Nuestros responsables políticos tendrían que tener un gran conocimiento del sector para que al llegar y ser nombrados puedan decir “Esto es lo que yo quiero”, porque van a tener siempre enfrente la reticencia de los funcionarios. Necesitamos responsables políticos con el liderazgo o la visión suficiente para decir “Es complicado, lo sé, lo siento, pero tenemos que hacerlo”. Es el papel que yo creo que debería tener cualquier consejero de Cultura de cualquier Comunidad Autónoma, o el propio Ministro. Estamos viendo algunos detalles positivos en esta dirección. Esta mañana, por ejemplo, cuando el asesor del ministro ha indicado que esto era una cuestión del Gobierno… Y sí, es todo una cuestión de voluntad política, pero para ejercerla tú tienes que saber, tienes que llegar empapado de lo que está funcionando mal.

A.G.- También necesitamos al propio sector. Estamos hablando de asuntos importantes: condiciones laborales, condiciones de vida, etc. Si los propios afectados no hablan, no lo pelean, no ponen sus límites, ¿a qué estamos jugando? Yo siempre echo de menos al sector.

E.M.– La pandemia tuvo una parte positiva: la gente se movilizó. Se crearon varios grupos de asociaciones que trataron de encontrar soluciones para los que se estaban quedando fuera de las medidas generales que el gobierno había adoptado. Eso le dio un gran impulso al movimiento asociativo y la gente se dio cuenta de que si existe liderazgo, si existe una visión, propuestas, fuerza, se pueden conseguir cosas. El sector está bastante más activo ahora que en años pasados.

El tema es que muchas veces las luchas implican más a las personas que están llevando la representatividad en las asociaciones o federaciones que al asociado de base, o al artista que ni siquiera está asociado. No les llega todo el trabajo que se hace porque es complicado equilibrar la cantidad de información que puede salir en un proceso de negociación para que no se creen reticencias en el Ministerio de Cultura, en otras asociaciones, etcétera. Pero hace poco, por ejemplo, con lo que ocurrió con la Reforma Laboral, la movilización ha sido fantástica. La Reforma Laboral dejaba fuera a todas las Artes Escénicas, la Música y el Audiovisual, sin un sistema que permitiese contratar. El contrato que habíamos utilizado durante décadas, mucho antes del Real decreto 1435 /1985 desaparecía por completo. Y ahí la movilización de todas las organizaciones fue brutal hasta que se resolvió. Y ahora lo estamos haciendo con otras cuestiones.

A.G.Bueno, yo estoy bastante contenta de cómo hemos gestionado el tema de los trabajadores autónomos, más allá de los resultados que consigamos. No sé cómo lo ves tú, pero establecer lazos entre diferentes asociaciones de Escénicas, crear este colectivo de trabajo donde, a pesar de las diferencias, hemos ido a una…

E.M.– Hemos conseguido que el Ministerio de Cultura haga suyo el documento y se lo presente a la SS. No sabemos qué va a pasar, pero esto ya es importante. Y hemos conseguido que el resto de asociaciones, que no estaban en el colectivo, apoyen y hagan suyo también el documento, que tampoco era fácil.

A.G.Sí, esto ha sido un logro, la verdad, porque cuando empezamos parecía que había poco interés en plantear medidas concretas para los autónomos de la cultura, y no les ha quedado más remedio que asumir que no es una cuestión que vayamos a pasar por alto.

E.M.– Antes de que terminemos me gustaría añadir algo: creo que aunque el sector está ahora más movilizado es necesario que tengamos más líderes. Necesitamos personas que se preparen los temas, que tengan una visión clara de qué quieren conseguir para su profesión, para sus colegas; de manera que, aunque luego estemos otras personas representando, ayudando y acompañando en el proceso, puedan tomar la palabra y manifestar claramente lo que se quiere. Porque se nota que en aquellos sectores donde hay más liderazgo, más empeño… donde estáis machacando uno, dos y tres, se consiguen más cosas que en los que se está un poco “a ver qué pasa”. Hay que estar muy encima y continuamente llamando a la puerta, porque los meses pasan y no se hace nada. Es necesario que haya no una, sino varias personas, con un liderazgo distribuido, que vayan empujando con una visión muy clara de lo que se quiere conseguir, con conocimiento de causa: estudiándose los asuntos y sabiéndolos exponer.

A.G.Muy de acuerdo contigo. Y me alegra que lo menciones, porque siempre he pensado que el sector tiene que estar mucho más presente en las administraciones, dando caña. La administración debe asumir que no es un asunto personal, sino profesional y de justicia. Hay que acabar con esa idea de que pueden ponerte una cruz o reducirte las ayudas si tu actividad social les molesta. Eso es una mala praxis, que nos ha hecho mucho daño.

E.M.- Mira, las cuestiones de malas prácticas tampoco las hemos tocado…

A.G.- Cierto, quedan cosas en el tintero, por lo que te emplazo a mantener otra conversación dentro de unos meses, para ponernos al día sobre el proceso y profundizar en las cuestiones que hoy, por la magnitud de los temas, hemos dejado al margen.

E.M.-Bueno, yo creo que hemos hecho un buen repaso...

A.G.¡Y tanto!

Aitana Galán.

En Madrid, junio de 2022.